lunes, 20 de diciembre de 2010

El porqué siempre llevo la ropa arrugada y mi madre dice que soy un soso hablando por teléfono.

Me llamo Pablo y llevo poco más de dos meses viviendo en Madrid. En este tiempo he descubierto que soy adicto a las galletitas saladas, que no hago más que leer libros que ya he leído y ya nunca hago la cama.
Mi escritorio está lleno de mis trastos y mis libros y mis cds ya no están ordenados alfabeticamente. Pego con celo los posters porque vivo de alquiler y el único poster que tiene chinchetas es uno de Marylin Monroe que se sujeta de una sola esquina.
He roto con media docena de vasos, me da pereza bajar la basura y los vecinos de abajo se pasan el día quejándose.
Odio a mis compañeros de piso.
Mi habitación no tiene personalidad. Me gusta IKEA, tengo muebles de IKEA, muebles baratos y llenos de polvo. Hay un espejo en mi habitación que una de mis compañeras de piso pinta cada día cosas diferentes, bien puede ser un casco de astronauta o una estrofa de un
a canción. También hay unas zapatillas colgadas del techo y el color rosa de las paredes se desconcha justo donde el radiador.
Al antiguo inquilino le gustaba mucho la marihuana y el skate y el ron jamaicano y el Barça. A mi no me gusta el fútbol. A mi me gusta la música Pop de los 60 y la poesía simbolista y el cine francés. En mi casa no se ve la TV, no sabemos como funciona.
El frigorífico está lleno, supongo que eso está bien.
Tengo montones de ropa sucia en el suelo de la habitación y otro montón de ropa húmeda por tender. Como arroz y pasta en abundancia y por las noches me acuesto tarde y duermo mal.
Ahora quiero hablar sobre Madrid. Antes no me gustaba Madrid, ahora me gusta más. Me gusta sus luces por la noche, también me gusta Madrid de día desde mi azotea.
Los cojines de mi salón de horteras que son, parecen bonitos. Hacemos nuestros propios adornos navideños y los vecinos del quinto bajan a nuestra casa a jugar a juegos de mesa. El salón es de color verde piscina y desentona con el color aguamar de los sofás. Si, sobre el sofá están los cojines horteras.
Mis amigos me preguntan sobre Madrid, mi madre y mi padre me preguntan si estoy bien y mi hermana no dice nada. Mis abuelos dicen que estudie y el resto me pregunta que he aprendido en estos dos meses. No sabría que responder, simplemente les diría que quiero volver a casa. (Te quiero, Mamá)

domingo, 21 de noviembre de 2010

Santiago oscurece el pelo en el agua.

Cuando yo era niño tenía miedo a los colores. Tenía miedo a que el marrón me mordiera los pies y el rojo me succionara toda la sangre. Cuando era niño tenía miedo a que los leones llegaran a mi casa y los pasos de cebra cuando yo cruzase, estallaran en estampida. Todo esto cuando era niño. Cuando crecí tenía miedo a las matemáticas y a sus absurdos problemas llenos de incógnitas. Más adelante apareció Nietzsche que me replanteó mi existencia. 
Y después de todo esto apareciste tú. Tuve miedo de ti, de tu olor, de tus ojos, de tus manos, de tu voz, de tus tobillos y tus clavículas, de la forma en que te reías cuando alguien gritaba fuego, de tus murmullos en el metro y ese modo de agitar tus manos para tener aire fresco. De tus vestidos de flores y tus tacones rojos, de tus gafas de sol, del abanico escondido en tu bolso. Tenía miedo de ti. Tenía miedo de mi forma de mirarte, de tocarte, de gritar por la calle solo para hacerte reír, de ir al circo para sentarnos en cuarta fila y ver a la trapecista coja llevar esos vestidos tan ceñidos. Te conté mi estúpido miedo a los leones y a la sabana africana, a los colores oscuros y a los brillantes. Te conté que no creía en Dios y tu me respondiste que tu lo serías para mí. Miramos el techo de mi habitación mientras yo te contaba lo que nadie más sabía. Tu me susurrabas que me querías. Hablamos del nombre nuestros hijos, del de nuestras hijas, de nuestros dos perros y el hurón. Me agarrabas la mano cada vez que íbamos en el metro, allí donde te conocí. Cantábamos viejas canciones mirando el techo de mi habitación. Yo te decía que te quería. ¡Cómo me gustaban tus clavículas! Tu adorabas mis rodillas. Tu cantabas algo así como “ ¿cuántos senderos ha de caminar un hombre antes de que se le llame hombre...? ¿cuántos años ha de existir una montaña antes de que el mar lo arrase...? ¿cuántos oídos necesita un hombre para escuchar el llanto de la gente...? La respuesta, amigo mío, la susurra el viento...” Y seguimos buscando las respuestas a esta canción mirando seguimos mirando el techo de mi habitación, besando tus clavículas y haciéndote reír con mi absurdo miedo a los colores.   



Doy por inagurado el nuevo blog. Anteriormente era conocido como:
http://makefriendstrueforme.blogspot.com/